Podcast para aprender español con historias – Ángela Santos – episodio N° 1

Las historias de Ángela Santos, estudiante de Psicología en Buenos Aires

Episodio 1

Eran las seis y media de la mañana y Ángela estaba conduciendo por la Avenida Santa Fe, en la ciudad de Buenos Aires. Su próximo cliente la iba a esperar en la esquina de la Avenida Santa Fe y Callao, delante de la librería El Ateneo. Ángela conducía lentamente, porque estaba llegando a su destino. En aquel momento, vio a una mujer de unos 35 años, que estaba llegando a la librería y que observaba la calle atentamente.

Ángela se detuvo y le abrió la puerta delantera a la mujer. Ella preguntó tímidamente: “¿Tú eres Ángela Santos?”

-Sí, soy yo. Entra, entra y siéntate, por favor.

-Muchas gracias, vamos a la Avenida Cabildo al 1600, contestó la mujer con un marcado acento inglés o escocés.

La mujer se sentó al lado de Ángela en su Smart blanco, el coche que se había comprado hacía un mes, para poder comenzar a trabajar de “taxista” en su tiempo libre. No era una taxista propiamente dicha, sino que trabajaba para una empresa que ofrecía un sistema especial, muy práctico para Ángela, con el cual podía ganar dinero en su tiempo libre, sin tener la necesidad de estar empleada. Solo necesitaba un coche y un teléfono móvil moderno para poder usar la aplicación de la compañía.

Ángela estudiaba Psicología en la Universidad de Buenos Aires y estaba a punto de terminar su carrera. Quería ganar un poco de dinero porque la situación económica del país no era ideal y ella tenía que apoyar a sus padres. Así que durante las vacaciones universitarias, los fines de semana, cuando no tenía exámenes o en todo momento libre, Ángela salía con su Smart a la búsqueda de clientes.

-Esta ciudad es un monstruo, comentó la turista.

-¿Te parece? ¿Tú de dónde eres?, le preguntó Ángela.

-De Londres. Estoy acá por un tiempo solamente, porque vine por mi novio. Él es porteño. Vive y trabaja en Buenos Aires.

-Ah, qué bien… siempre pasaba lo mismo: bastaba que Ángela formulara una pregunta para que sus clientes comenzaran a contarle la historia de su vida, completita, de principio a fin. Y para Ángela, que quería ser psicóloga, era una práctica excelente.

-Sí… me enamoré mucho de ese hombre. Sigo enamorada, en fin… pero no sé si es la persona ideal para mí…

-¿Por qué?, preguntó Ángela.

-Porque me hace sufrir mucho. Es muy colérico. Tiene días en los que está de excelente humor y todo está bien y tiene otros días en los que se levanta por la mañana de muy mal humor, me grita, me insulta, es muy difícil convivir con alguien así. Yo estoy muy, muy mal, no sé qué hacer. Justamente ahora voy a casa de una amiga mía de Inglaterra para charlar y ver qué puedo hacer.

La mujer ya no podía controlar sus lágrimas y empezó a llorar desconsoladamente. Ángela abrió la guantera y sacó unos pañuelos de papel. Le dio el paquete a la mujer, que lo tomó y sacó un pañuelo.

-¿Cuánto tiempo hace que estás con él?, siguió Ángela.

-Ya son varios años. Tenemos una relación a distancia. Yo soy la que viene una vez por año acá. Puedo darme el lujo, porque soy periodista y puedo trabajar desde cualquier lugar.

Ángela la miró de reojo. Una situación absolutamente ideal. Una mujer atractiva como esta, evidentemente sin problemas financieros, ya que de lo contrario no podría viajar por el mundo como lo hacía, con un trabajo absolutamente ideal que le permitía ser libre y trabajar mientras conocía otros países… y se ponía de novia con un colérico que le hacía la vida imposible. Lo que le faltaba a esa mujer era, probablemente, una buena porción de autoestima. Y unas cuantas sesiones de terapia. Ángela nunca hablaba mucho durante estas charlas en el coche, mientras conducía. Pero generalmente, las personas que viajaban con ella se sentían mucho mejor después del viaje y siempre le agradecían por haber escuchado con tanta paciencia.

La mujer seguía llorando, pero ya estaba más tranquila. Miraba los edificios de la ciudad mientras se acercaban a Belgrano, el barrio en el que aparentemente vivía su amiga de Inglaterra, y parecía mucho más tranquila que unos minutos atrás.

Cuando estaban acercándose a la Avenida Cabildo al 1600, la mujer le agradeció a Ángela de todo corazón y se bajó del Smart, con una sonrisa en los labios.

Archivo PDF: Las historias de Ángela Santos_1

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