Mejora tu español con historias: Las historias de Ángela Santos

Las historias de Ángela Santos, estudiante de Psicología en Buenos Aires

Episodio 3/2020

Era miércoles, 25 de marzo de 2020. En Buenos Aires hacía calor, el tiempo estaba muy lindo, los últimos días realmente cálidos del año probablemente, porque pronto empezaría a hacer más frío, lógicamente, con la llegada del otoño. Pero todavía estaba lindo.

Ángela había vuelto de Europa hacía dos semanas y estaba preparando sus próximos pasos. Todavía no sabía bien qué quería hacer. Había terminado sus estudios de Psicología con mucho éxito y ahora tenía que ver cómo seguiría. Tenía varias alternativas: hacer alguna especialización, empezar en algún hospital general con área de Psicología, trabajar en un hospital psiquiátrico, hacer un doctorado en Psicología, eran distintas las posibilidades que tenía y todavía no sabía realmente qué era lo que quería hacer. En parte esa había sido una de las razón de hacer el viaje a Europa: inspirarse para ver con más claridad qué camino seguir. Pero la inspiración no le había llegado todavía. Eso sí: el paseo había sido divino y lo había disfrutado muchísimo, pero no había encontrado la solución.

—Puedes hacer el doctorado. Son dos años más, pero quizás hasta sea posible trabajar un poquito en ese tiempo, ¿quién sabe? Y además, si no lo haces ahora, ¿cuándo lo vas a hacer?, Inés le sirvió un mate a su hija y se lo dio.

—Ya sé, mamá. Tienes razón. Por otro lado, ya quiero dejar de estudiar. Tengo ganas de empezar mi vida… basta de universidad, etc.

—Yo que tú averiguaría bien primero y me tomaría un poco de tiempo para eso. Total, con tu trabajo de “taxista” sobrevives y nosotros también te podemos ayudar.

—Gracias ma, dijo Ángela cuando de repente empezó a sonar su celular.

—Hola María Elena, sí, claro. No me olvidé. Es hoy a las 19:00 hs. Claro que sí…. No, no hace falta que me pases a buscar. Voy sola en mi coche…. No te preocupes. Nos encontramos en la calle Tacuarí. Besito.

Ángela colgó el teléfono y le explicó a su mamá que aquella tarde tendría una clase de tango en una academia y que iría con María Elena. María Elena era muy amiga de Ángela y estaba pasando por una situación complicada, porque hacía un año se había reencontrado con su gran amor. El problema era que ella estaba casada y tenía mellizos de cuatro años… la vida no siempre era un jardín de rosas…

—Es tu primera clase de tango, ¿no, hija?

—No, mamá. No es la primera. Ya había ido antes. Pero la verdad es que ahora que estuve en Europa y todo el mundo me preguntaba la clásica pregunta: “¿Bailas tango?” Porque la gente piensa que si una es argentina automáticamente tiene que saber bailar tango. Y yo le explicaba a todo el mundo que no. Que no lo llevo en la sangre y que no es automático. No todos los argentinos saben bailar tango, siguió Ángela y tenía que reírse cuando recordaba cuántas personas le habían preguntado lo mismo.

—Así que decidiste hacer un curso para que cuando te pregunten la próxima vez, puedas contestarles: “Pero por supuesto que bailo tango.”

Las dos rieron y siguieron tomando mate, como solían hacer cuando Ángela iba a visitar a su madre durante la semana, para pasar unos momentos con ella, conversar, hablar sobre cosas importantes y también sobre cosas de todos los días.

Una hora más tarde, Ángela abrazó a su mamá, las dos se despidieron y Ángela se puso en camino para no llegar tarde a su clase de tango.

Archivo PDF: Las historias de Ángela Santos_3-2020

 

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