Podcast para aprender español con historias: Ángela Santos, episodio 5

Podcast para aprender español con historias

Las historias de Ángela Santos, estudiante de Psicología en Buenos Aires

Episodio 5

Hacía mucho frío y Ángela acababa de salir de su última clase de aquel día. Integración psicodiagnóstica, un tema bastante difícil y complicado, pero muy interesante. A Ángela le encantaba la carrera de Psicología y estaba muy feliz de haber hecho lo que le decía su corazón, aunque no era lo que sus padres habrían elegido para ella.

Sus padres habrían preferido que ella estudiara Ciencias Económicas, para ayudarles con el negocio:  tenían una pequeña tienda de ropa femenina en una galería de la Avenida Alvear.

Ya desde hacía muchísimos años vendían ropa de mujer en la tienda. Era una tienda muy linda, con ropa elegante y muy bien confeccionada, a precios no demasiado altos. La madre de Ángela sabía coser muy bien y tenía muy buen gusto. Ella misma diseñaba la mayoría de los modelos.

Tenían personal que se encargaba de coser y, finalmente, vendían los modelos en la tienda de la galería. Pero claro, era un trabajo duro y tenían que hacer frente a todo tipo de problemas. Ya habían salido de muchas crisis y seguían en pie con la tienda. Eran conocidos en la localidad de Martínez.

Las mujeres de entre treinta y cinco y sesenta años eran las compradoras. Y volvían una y otra vez. La madre de Ángela, Inés, había hecho varios cursos en Italia, para perfeccionar sus conocimientos de alta costura.

Y claro, Inés y Antonio, el padre de Ángela, habrían preferido que Ángela estudiara Ciencias Económicas, para que pudiera ayudarles con las tareas de contabilidad y demás actividades que a Ángela no le gustaban para nada. Ella no quiso hacerlo y sus padres, a pesar de que les habría venido bien la ayuda de la hija, la comprendieron y la apoyaron para que hiciera lo que más le gustaba.

Y ahora, casi al final de sus estudios de Psicología, estaba trabajando de “taxista” en Buenos Aires. Era mayo, un viernes a las nueve de la noche. Al día siguiente Ángela iría con unos amigos al teatro, porque hacía mucho que no iba.

Se subió a su Smart blanco, encendió su teléfono móvil y, de inmediato, apareció un mensaje indicándole que tenia un cliente que quería viajar a San Isidro. La aplicación le daba la opción de aceptar o rechazar al cliente. Pero Ángela aceptó, porque San Isidro quedaba muy cerca de Acassuso, donde ella vivía.

Detuvo su coche en la calle indicada, a la vuelta de su universidad y vio a un hombre joven, de unos treinta y cinco años, muy apuesto, esperándola probablemente a ella.

-Buenas noches, ¿es usted Ángela Santos?, preguntó muy amablemente el hombre.

-Sí, soy yo. Buenas noches, señor.

-Vamos a San Isidro, a la calle Diego Palma al 2700, por favor.

-Claro que sí, allá vamos, contestó Ángela de buen humor, porque el hombre, que se llamaba Gustavo Andrade, le había caído muy bien desde el primer momento. Llevaba un traje azul, camisa blanca, corbata azul y unos zapatos de cuero modernos.

Ángela tenía buen ojo para la moda, en parte porque desde pequeña creció rodeada de telas, modelos, de patrones, de máquinas de coser y de temas relacionados con ropa y accesorios, y se dio cuenta enseguida de que Gustavo era un hombre de muy buen gusto.

-Mi auto está en el taller, porque me chocaron en la Panamericana la semana pasada. Por eso tengo que usar este servicio durante un tiempo. Pero hasta ahora solo viajé con hombres. Sos la primera mujer taxista que veo en mi vida.

-Ah, ¿sí? Bueno, en realidad, no soy una “mujer taxista”, hago este trabajo en mi tiempo libre, en realidad estoy terminando mis estudios de Psicología.

-Ah, muy bien. ¿Te falta mucho? Yo necesitaría una psicóloga en este momento de mi vida… siguió Gustavo y la miró, sonriente.

Sus miradas se cruzaron y Ángela bajó la vista y se puso un poco roja. Pero no pudo formular la pregunta que debería haber formulado. No se atrevió a preguntarle por qué necesitaba una psicóloga. Le pareció indiscreto. Y, a decir verdad, Gustavo no parecía tener ningún problema. Al menos a simple vista parecía una persona satisfecha. Pero uno nunca podía saber…

-En este momento me da la impresión de que yo soy el único cuerdo de mi familia, de mi equipo de trabajo, del mundo en general. Y es que parece que el mundo está más loco que nunca. Por eso es bueno que haya psicólogos, Ángela. Vas a tener mucho trabajo cuando termines con la carrera.

Ángela no sabía si reírse o no, pero la verdad es que Gustavo tenía sentido del humor y Ángela sintió una especie de flechazo. Esa sensación de que la otra persona le gustaba. Ese cosquilleo en el estómago.

Esa energía especial… Eso le pasaba muy poco y nunca le había pasado con un cliente, por supuesto. Pero, en realidad, se alegró mucho cuando Gustavo le preguntó, al llegar a destino:

-¿No me darías tu teléfono para llamarte cuando necesite un auto? Solo si te parece bien…

Archivo PDF: Las historias de Ángela Santos_5

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