Podcast para aprender español: Las historias de Ángela Santos – episodio 9

Las historias de Ángela Santos, estudiante de Psicología en Buenos Aires

Episodio 9

Hablando de las vueltas que daba la vida… aquel viernes, 6 de septiembre, Ángela estaba paseando con Carolina, su amiga del alma, por el Salón de Exposiciones La Rural, en Palermo, Buenos Aires. Las amigas habían decidido ir a ver la exposición Buenos Aires Photo, una feria de fotografía que reunía a más de treinta galerías con muchas obras fascinantes de países de Latinoamérica, los Estados Unidos y Europa.

—¿Hacemos una pausa, Caro? Estoy bastante cansada de tanto caminar, le dijo Ángela a su amiga, mientras miraba si veía una cafetería o algo similar por algún lado.

—Dale. Allá al fondo parece que hay algunos bares y cafés. Vamos para allá, buena idea, le contestó Carolina.

Las chicas se sentaron en una de las pocas mesas libres y suspiraron casi al unísono.

—Uuuuuy, qué manera de caminar, continuó Ángela.

—Sí, la verdad es que no hicimos una pausa desde que llegamos, siguió Carolina. Pero la feria me gusta muchísimo, es muy interesante. La mejor que he visto hasta el momento.

—A mí también me encanta. Y me gusta estar acá con vos, de verdad, dijo Ángela acariciando el brazo de su amiga de toda la vida.

—¡Pero qué casualidad! ¿A quién me encuentro acá, en la feria Rural de Palermo?, se escuchó una voz masculina desde la mesa de al lado.

Las chicas giraron sus cabezas y vieron a un hombre apuesto, de unos treinta y cinco años, muy elegante, que les sonreía ampliamente.

Carolina sonrió también y dijo:

—Disculpá, yo no te conozco, vos sos…

—Tu amiga quizás me recuerde, contestó el hombre.

Ángela se puso roja y recordó inmediatamente a aquel cliente que había llevado hacía unos meses en un viaje a San Isidro.

—Gustavo Andrade, mucho gusto, se presentó el hombre. Yo hice un viaje contigo hace unos meses y no tenías una tarjetita de visita para darme, por eso nunca he podido llamarte por teléfono. Pero si uno tiene que encontrarse una segunda vez, se encuentra, ¿ves?, siguió Gustavo, sonriente y muy feliz, aparentemente.

—No lo puedo creer, dijo Carolina, sin poder cerrar la boca del asombro. Esto es mucho más que una casualidad. ¿Cómo es posible que recuerdes tan bien la cara de una mujer que te llevó en un viaje por la ciudad de Buenos Aires?, le preguntó Carolina, muy asombrada.

—Es que yo soy fotógrafo y hay caras que jamás se me olvidan, dijo Gustavo.

—Bueeeeno, creo que voy a ir a la exposición y los dejo a ustedes dos acá, tomando algo tranquilos, siguió Carolina, con una expresión muy pícara.

—No, no, amiga, nada de eso. Tomamos tranquilas nuestro cafecito, Gustavo nos puede acompañar, y después seguimos mirando la exposición, refutó Ángela un poco nerviosa, pero con una expresión alegre y sorprendida.

—Y juro que esta vez no me voy a mover de acá si no me das tu número de teléfono, dijo Gustavo con voz firme y sonora.

Los tres rieron, tomaron café con medialunas, charlaron un buen rato y luego siguieron paseando por la exposición, guiadas por Gustavo, que les explicó mucho sobre su propio trabajo, sus técnicas, sus fotografías y su vida como fotógrafo.

Esa noche, cuando Ángela estaba en su cama, tardó un buen rato en dormirse, porque no podía creer la casualidad que había vivido aquella tarde. Y recordó nuevamente la frase que siempre decía su madre: uno nunca sabe las vueltas que da la vida… y era tal cual.

Archivo PDF: Las historias de Ángela Santos_9

 

 

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